Recientemente entramos en la primera revisión conjunta del T-MEC y aunque para muchos redujo momentáneamente la incertidumbre, tenemos que reconocer que esta nueva etapa de revisiones tiene muchísima influencia de los aranceles de Donald Trump.

Sin embargo, el proteccionismo que propone no está del todo descabellado. Al final de cuentas, Estados Unidos vivió en carne propia las secuelas de abrirle las puertas a un mercado tan barato como el chino.

Y no estoy hablando de una teoría, sino de miles de familias y ciudades completas, desoladas en el fenómeno que hoy se conoce como Rust Belt (cinturón del óxido): la región del noreste y medio oeste de Estados Unidos que durante el siglo XX concentró las grandes fábricas de acero, automóviles y manufactura pesada del país. Tras décadas de cierre y desplazamiento hacia el extranjero, esas ciudades quedaron literalmente cubiertas de óxido.

El Rust Belt no es solo un fenómeno económico: es también industrial, político, cultural y psicológico. Por años, esa zona fue donde un trabajador sin estudios universitarios conseguía empleo estable, casa, familia y una pensión al jubilarse. En otras palabras, era la cuna del sueño americano, la cual hoy está oxidada.

Por eso el “Make America Great Again” mantiene un respaldo importante entre amplios sectores de la población estadounidense.

Pero fuera del tema político, proteger la economía regional no responde a xenofobia, sino a que China juega con reglas muy distintas a las locales; algo peligroso para la economía y para los consumidores. Y ese riesgo no es solo de nuestros vecinos: nosotros ya lo estamos viviendo.

En México, los negocios están obligados a cumplir leyes fiscales, laborales y las normativas sanitarias que garantizan que un producto sea seguro para el consumidor. Las empresas chinas, sin embargo, tienen la consigna de venderle a todo el que se deje; muchas veces sin importar las reglas, incluso que en esas ventas estén perdiendo dinero. La intención es posicionarse en más mercados.

Y esto nos está afectando directamente, no sólo a la economía nacional, sino también a la salud de nuestra población. Te pongo un ejemplo: tengo la fortuna de colaborar con una empresa especializada en la producción de fórmulas magistrales, que son esos medicamentos que no te encuentras en las farmacias. Por el mismo giro de negocio, en este laboratorio tienen que manejar estándares de calidad altísimos, pero además, cumplir con varias normativas que piden otros organismos, como la Cofepris.

Dentro de sus fórmulas, hay una línea dermatológica que incluye un producto con minoxidil, que es una sustancia que se utiliza en tratamientos contra la pérdida de cabello. Y sí…a tu servidor le hubiera gustado conocer este producto hace un par de décadas.

Hace varias semanas una persona de la empresa encontró en Mercado Libre un producto que utilizaba la imagen, el logotipo y un empaque prácticamente idéntico al de mi cliente. Incluso se presentaba como fórmula magistral y la plataforma señalaba que era un artículo importado de China. Sin embargo, el empaque no incluía los datos del responsable sanitario de la empresa.

La empresa adquirió el producto y realizó pruebas internas. Aunque no fue posible identificar con certeza todos sus componentes, sí se concluyó que no contenía los ingredientes declarados en la etiqueta, mucho menos el minoxidil. Cuando intentaron emprender acciones contra el responsable, el distribuidor ya había desaparecido de la plataforma.

El punto es que no se trata solamente de un medicamento dermatológico. Mañana puede ser una refacción automotriz, un componente eléctrico, un juguete para niños o un alimento. El patrón es el mismo: empresas que invierten en investigación, pagan impuestos, cumplen normas sanitarias, laborales, fiscales y aun así, compiten contra productos que simplemente no juegan bajo esas reglas. Quizá por eso debemos observar el Rust Belt con menos soberbia.

Hoy empezamos a descubrir que cuando un mercado permite competir sin exigir las mismas obligaciones para todos, tarde o temprano no sólo desaparecen empresas; también desaparecen empleos, conocimiento técnico, capacidad industrial y confianza en las instituciones.

El verdadero riesgo para México no es que China venda barato. El riesgo es acostumbrarnos a competir contra quien nunca tuvo que cumplir las mismas reglas que nosotros. Porque cuando las reglas dejan de importar, el siguiente en oxidarse tal vez ya no sea un cinturón industrial… sino la economía nacional.

Consultor especialista en excelencia operativa. Es autor del libro Habilidades Híbridas, que explora cómo integrar el pensamiento técnico, el criterio de negocio y las habilidades humanas para tomar mejores decisiones en entornos cada vez más complejos.

Fuente: El Financiero